¿Qué es el punto antihelional?
El punto antihelional (del griego anti = opuesto, helios = Sol) es la posición del cielo exactamente opuesta al Sol. Si el Sol está a 30° de elevación en el este, el punto antihelional está a 30° de elevación en el oeste, en la dirección diametralmente opuesta. Este punto geométrico, invisible por sí mismo, cobra importancia en óptica atmosférica porque es el centro de convergencia de varios fenómenos luminosos producidos por cristales de hielo, entre los más raros y espectaculares que existen.
Fenómenos asociados al punto antihelional
El punto antihelional es notable porque en torno a él pueden aparecer varios fenómenos ópticos extraordinariamente raros. El arco antihelional (anthelic arc) es un arco luminoso blanco que pasa por el punto antihelional, formando a veces un bucle o un anillo. Se produce por reflexiones internas complejas dentro de cristales de hielo con orientaciones específicas. Es uno de los halos más raros y difíciles de observar.
Otro fenómeno asociado es el arco de Tricker, un par de arcos que parten de los puntos antisolares de los parhelios (120°) y convergen en el punto antihelional. Y la subanthelia, un punto brillante justo por debajo del punto antihelional, visible desde altitudes elevadas como aviones o montañas, cuando hay cristales de hielo por debajo del observador.
Observación y dificultad
Observar fenómenos en el punto antihelional es un reto mayúsculo. En primer lugar, el observador debe mirar en la dirección exactamente opuesta al Sol, lo que implica que los fenómenos compiten con el cielo iluminado de fondo. En segundo lugar, los arcos antihelionales requieren condiciones muy específicas: una capa extensa y uniforme de cristales de hielo con orientaciones concretas, algo que se da con poca frecuencia.
Los cazadores de halos más dedicados del mundo consideran la observación de un arco antihelional completo como uno de los logros supremos de la observación atmosférica. En España, las oportunidades son escasas pero no imposibles, especialmente en días invernales con extensas capas de cirroestratos en la meseta norte o en los Pirineos. La fotografía panorámica de alta sensibilidad ha permitido documentar estos fenómenos con mayor frecuencia en las últimas décadas.