Ha nevado en Madrid, León está sepultado y AEMET dice que no hay ola de frío
Si habéis pasado frío este invierno, no estáis locos. Ha nevado en Madrid. León ha estado sepultado bajo medio metro de nieve. La borrasca Oriana dejó avisos rojos en media España y el tren de borrascas nos ha tenido semanas enteras con el paraguas pegado a la mano. Y sin embargo, si le preguntas a AEMET, la respuesta es contundente: este invierno no ha habido ninguna ola de frío oficial. Ni este, ni el anterior, ni el de antes.
Tres inviernos consecutivos sin olas de frío. Algo que no había ocurrido nunca desde que se tienen registros en España. ¿Cómo es posible? La explicación tiene que ver con una definición técnica muy concreta, con la trampa de las medias estadísticas y con una tendencia climática que lleva décadas en marcha y que, cuando la miras con perspectiva, da bastante que pensar.
Qué tiene que pasar para que AEMET declare una ola de frío
Una ola de frío no es simplemente "que haga mucho frío". Es un episodio de temperaturas mínimas anormalmente bajas que se mantiene durante al menos tres días consecutivos y afecta a una parte significativa del territorio. En la definición oficial de AEMET, se exige que al menos el 10 % de las estaciones meteorológicas registren mínimas por debajo del percentil 5 de su serie histórica de enero y febrero, calculado sobre el período de referencia 1971-2000.
¿Suena complejo? Vamos a traducirlo. Imagina que coges todos los datos de temperatura mínima de los últimos 30 inviernos en cada estación del país. Los ordenas de menor a mayor. El percentil 5 es el valor por debajo del cual solo cae el 5 % de esos datos: un frío que, históricamente, solo ocurre uno de cada veinte días de invierno. Para que AEMET declare ola de frío, ese frío tan raro tiene que darse en al menos 1 de cada 10 estaciones, tres días seguidos.
Y ahí está el meollo. Este invierno ha habido episodios de frío intenso, nieve a cotas bajísimas y madrugadas bajo cero en muchas zonas. Pero en ningún momento se han encadenado tres días consecutivos con ese nivel de frío generalizado. Entre borrasca y borrasca ha habido jornadas de tregua —a veces incluso anormalmente templadas— que han roto la cadena cada vez que parecía que iba a cuajar.
La racha más larga sin olas de frío desde 1975
Para entender lo excepcional que es lo que está pasando, conviene echar la vista atrás. AEMET ha publicado el análisis histórico de olas de frío en la Península desde 1975, y las cifras cuentan una historia bastante clara:
| Período | Olas de frío | Duración media |
|---|---|---|
| 1975-1985 | 18 | 5,8 días |
| 1986-1995 | 15 | 5,2 días |
| 1996-2005 | 13 | 4,5 días |
| 2006-2015 | 14 | 3,9 días |
| 2016-2025 | 9 | 3,1 días |
| 2023-2026 | 0 | — |
Fijaos en dos cosas. Primera: cada década tiene menos olas de frío que la anterior, salvo un ligero repunte en 2006-2015 que ni siquiera igualó las cifras de los noventa. Segunda, y más llamativa: cuando ocurren, duran cada vez menos. El ritmo de acortamiento es de 1,2 días por década. En los setenta, una ola de frío media duraba casi seis días. En la última década, apenas superaba los tres.
Y ahora llevamos tres inviernos seguidos sin que se cumpla el umbral ni una sola vez. Es el periodo más largo sin olas de frío desde que comenzaron las mediciones sistemáticas.
La trampa de la media: el invierno cálido que no lo parece
Aquí es donde la estadística juega una mala pasada y donde mucha gente se pierde.
AEMET predijo un invierno más cálido de lo normal. Y efectivamente, la temperatura media del trimestre diciembre-febrero está siendo superior a la climatológica. Pero eso es perfectamente compatible con haber pasado frío, porque la media esconde la variabilidad. Un día a 18 °C y otro a 0 °C dan una media de 9 °C, que suena razonable. Pero la experiencia real no ha sido "razonable" ninguno de los dos días.
Lo que está ocurriendo es que los picos de frío intenso se alternan con períodos anómalamente templados. Esos días de 16 °C en febrero que te hacían salir en manga corta a mediodía no eran normales. Y las heladas de -8 °C en Teruel dos días después, tampoco. El clima se está volviendo más variable, con contrastes más bruscos, y esa montaña rusa térmica hace que la media describa cada vez peor lo que sentimos.
Pensadlo así: un examen se aprueba con un 5. Que saques un 4,8 no quiere decir que no hayas estudiado —simplemente, no has llegado al umbral—. Y este invierno, el frío se ha quedado varias veces en 4,8. Cerca, pero sin cruzar la línea.
Olas de calor cada año, olas de frío casi extintas
Quizá lo más revelador de todo sea mirar el otro extremo del termómetro. Mientras las olas de frío se desvanecen, las de calor se multiplican.
| Indicador | Olas de frío | Olas de calor |
|---|---|---|
| Último año sin ninguna | 2026 (y 2025, y 2024) | 2014 (hace 12 años) |
| Presencia anual desde... | Cada vez más intermitente | Cada año desde 2015 |
| Tendencia de duración | −1,2 días/década | +2,8 días/década |
| Récord de duración | 17 días (febrero 1983) | 24 días (julio 2022) |
No ha habido un solo verano sin ola de calor desde 2015. Once años seguidos. Y según los datos de AEMET, los veranos se han alargado casi cinco semanas desde los años 70: empieza antes el calor, termina más tarde, y las estaciones intermedias se comprimen. El frío extremo tiene literalmente menos espacio donde existir.
Es un patrón que los climatólogos llevan años documentando. El calentamiento global no elimina los días fríos —seguirá helando en Molina de Aragón en enero, seguramente durante décadas—, pero reduce su frecuencia, intensidad y duración. Los extremos cálidos crecen mucho más rápido de lo que disminuyen los fríos. Es una asimetría que define el cambio climático mejor que casi cualquier otro indicador.
¿Van a desaparecer del todo?
Los modelos climáticos del último informe de AEMET sobre escenarios regionales ponen cifras a la tendencia. En el período de referencia 1971-2000, los episodios fríos extremos sumaban una media de 20,7 días al año en España. Para el horizonte 2021-2050, se espera que se reduzcan a la mitad en todos los escenarios de emisiones, con una pérdida de unos 2,4 días por década. Y en el escenario de emisiones altas (SSP5-8.5), para finales de siglo las olas de frío serían fenómenos excepcionales —quizá una cada 10 o 15 años—.
Eso no significa que el invierno vaya a dejar de ser invierno. Seguirá habiendo heladas, nevadas y episodios de frío notable. Pero esa combinación concreta de frío excepcionalmente raro, sostenido tres días y extendido por todo el territorio será cada vez más difícil de alcanzar.
Y hay un matiz interesante: los colapsos del vórtice polar seguirán produciéndose. Cuando ocurren, pueden traer irrupciones de aire polar intensísimas a latitudes medias. El problema es que ese aire gélido choca con una atmósfera de fondo cada vez más cálida. Es como intentar enfriar una bañera con cubitos de hielo cuando alguien ha abierto el grifo del agua caliente: los cubitos siguen existiendo, pero cada vez hacen menos efecto. Para que una irrupción polar alcance el umbral oficial de ola de frío, necesita ser más violenta que antes. Y las que no llegan al umbral, como las de este invierno, nos dejan con frío real pero sin estadística.
Lo que se pierde cuando el frío extremo desaparece
La desaparición gradual de las olas de frío no es solo una curiosidad estadística. Tiene consecuencias que se notan en el campo, en el monte y en el día a día.
Los cultivos de floración temprana —almendro, cerezo, melocotonero— adelantan su floración por los inviernos más suaves y quedan más expuestos a heladas tardías de marzo o abril. No llega a ser "ola de frío", pero una helada a destiempo cuando el árbol ya tiene flor puede devastar una cosecha entera. Preguntad a cualquier agricultor del Valle del Jerte.
Los inviernos sin frío extremo también dejan más insectos vivos. La procesionaria del pino, por ejemplo, ha ampliado su rango de altitud y latitud en las últimas dos décadas precisamente porque los inviernos ya no son lo bastante fríos para matar sus poblaciones. Y en el monte, menos heladas prolongadas significan menos nieve acumulada a largo plazo, aunque paradójicamente este invierno sin ola de frío haya sido récord de nieve gracias al tren de borrascas. La tendencia a largo plazo sigue apuntando a cotas de nieve cada vez más altas y menos días de nieve por temporada.
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En el lado positivo, las olas de frío son un factor de mortalidad significativo, especialmente en población mayor y personas sin hogar. Que haya menos es, en ese sentido, una buena noticia. Pero la mayor variabilidad —esos cambios bruscos de 15 grados en 48 horas que estamos viendo cada vez más— también tiene impacto sanitario. El cuerpo humano se adapta mal a la montaña rusa.
¿Y el próximo invierno?
Los expertos vigilan la posible llegada de El Niño hacia mediados de 2026. Si se confirma, el invierno 2026-2027 tendría aún más probabilidades de ser templado que este. Pero la meteorología nos ha enseñado que las sorpresas existen: un colapso puntual del vórtice polar podría romper la racha en cualquier momento. Y cuando llegue, si llega, probablemente nos pillará sin cadenas.
Lo que sí parece claro es la tendencia de fondo. Las olas de frío no desaparecerán mañana, pero la línea va en una sola dirección. Cada invierno que pasa sin una confirma lo que los modelos llevan años diciendo. Y cada vez que alguien en un bar dice "ya no hace frío como antes", tiene más razón de la que cree. No es nostalgia. Son datos.
Puedes seguir la evolución de las temperaturas y las predicciones en Snowy, donde comparamos los principales modelos meteorológicos para que veas cómo encajan —o no— con lo que dice el termómetro de tu ventana.
Preguntas frecuentes
¿Puede haber todavía una ola de frío este invierno?
Técnicamente sí, pero es muy improbable. Febrero está a punto de terminar y los modelos no muestran ningún episodio que cumpla los criterios. Si marzo no aporta ninguno, será oficial: tercer invierno consecutivo sin olas de frío.
¿Filomena fue la última ola de frío?
No exactamente. Filomena (enero 2021) sí constituyó ola de frío oficial. Tras ella hubo episodios menores en el invierno 2021-2022. Los tres inviernos sin ola de frío son 2023-24, 2024-25 y 2025-26.
¿El cambio climático es el único responsable?
Es el factor dominante, pero no el único. La variabilidad natural —posición del jet stream, fase de la NAO, ciclos ENSO como La Niña— influye mucho en si un invierno concreto tiene o no ola de frío. Lo que hace el cambio climático es elevar el listón: cada vez se necesita un evento más violento para cruzar el umbral.
¿Las olas de frío son buenas o malas?
Depende. Para los ecosistemas cumplen funciones importantes: regulan insectos, facilitan la latencia de frutales y contribuyen a la acumulación de nieve en montaña. Su desaparición tiene efectos en cadena que aún estamos empezando a entender.

