Algo se mueve en el Pacífico mientras España no deja de llover
Mientras aquí seguimos sacándonos el agua de los zapatos después de un invierno de borrascas sin fin, al otro lado del planeta algo se está cociendo. Las aguas del Pacífico ecuatorial llevan semanas calentándose y la NOAA —la agencia oceánica y atmosférica de Estados Unidos, que es quien lleva la cuenta de estas cosas— ha pasado de "vigilancia" a "alerta". El Niño podría estar de vuelta hacia mediados de 2026.
Y la pregunta desde España es inevitable: ¿nos afecta lo que pase a 15.000 kilómetros, en mitad de un océano que ni siquiera nos baña? La respuesta corta es sí. Pero no de la forma directa y dramática que sugieren muchos titulares. Vamos a contarlo con calma, porque el tema lo merece.
Qué es El Niño (y por qué mueve el clima de medio mundo)
El Niño es la fase cálida de un ciclo climático llamado ENSO (El Niño-Oscilación del Sur) que afecta al Pacífico ecuatorial y que, posiblemente, sea el mayor modulador del clima a escala planetaria después de las propias estaciones del año. El ciclo completo alterna entre tres estados: El Niño (fase cálida), La Niña (fase fría, la que ha protagonizado los últimos inviernos) y condiciones neutras. Cada ciclo dura entre 2 y 7 años.
Para entenderlo, hay que imaginar el Pacífico ecuatorial como una bañera enorme. En condiciones normales, los vientos alisios soplan de este a oeste sobre la superficie del agua, empujando las capas cálidas hacia Indonesia y Australia. Es como si alguien soplara sobre la bañera y acumulara toda el agua caliente en un extremo. El otro extremo —las costas de Perú y Ecuador— queda bañado por aguas frías que suben desde el fondo, un proceso que los oceanógrafos llaman upwelling.
Cuando llega El Niño, esos vientos alisios se debilitan o incluso se invierten. Nadie sopla. El agua caliente deja de acumularse en un lado y se extiende por el centro y el este del Pacífico. Ese calentamiento puede superar los 2 °C respecto a lo normal en una franja de miles de kilómetros, y reorganiza los patrones de lluvia y temperatura de medio mundo: inundaciones en Perú, sequías en Australia, alteraciones en el monzón asiático.
Si La Niña fue protagonista de los inviernos recientes, El Niño podría serlo del verano y otoño de 2026.
Lo que dice la NOAA en febrero de 2026
El último diagnóstico del Climate Prediction Center (CPC) de la NOAA, publicado este mes, no deja mucho margen a la duda sobre la dirección:
| Trimestre | El Niño | Neutral | La Niña |
|---|---|---|---|
| Feb-Mar-Abr 2026 | ~10 % | ~56 % | ~34 % |
| May-Jun-Jul 2026 | ~35 % | ~50 % | ~15 % |
| Ago-Sep-Oct 2026 | ~50 % | ~40 % | ~10 % |
| Nov-Dic-Ene 2027 | ~55 % | ~37 % | ~8 % |
Los modelos más agresivos sitúan el inicio de El Niño ya en mayo. Los más conservadores, en agosto-septiembre. Pero la dirección es unánime: La Niña se retira y El Niño toma el relevo.
Las señales físicas lo respaldan. La temperatura superficial del Pacífico ecuatorial central (lo que los oceanógrafos llaman la región Niño 3.4) ha subido 0,4 °C en las últimas ocho semanas. Las ondas de Kelvin subsuperficiales —pensad en ellas como olas de calor sumergidas que viajan por debajo de la superficie del océano y suelen preceder a El Niño— ya se desplazan hacia el este. Y el índice SOI, que mide la diferencia de presión atmosférica entre Tahití y Darwin, muestra una caída sostenida. Son datos técnicos, pero la traducción es sencilla: el motor que enciende El Niño ya está en marcha. La pregunta no es tanto si arranca, sino con cuánta fuerza.
El calendario probable
El consenso entre NOAA, ECMWF, el Bureau of Meteorology australiano y la JMA japonesa apunta a tres fases. En primavera, transición: las aguas seguirán calentándose pero probablemente sin alcanzar los umbrales oficiales (hace falta una anomalía de +0,5 °C sostenida en la región Niño 3.4 durante al menos cinco trimestres solapados consecutivos). En verano, desarrollo: es cuando con más probabilidad se declararía oficialmente El Niño, con una intensidad inicial débil a moderada. Y entre otoño de 2026 e invierno de 2027, el posible pico: algunos modelos sugieren que podría llegar a fuerte —anomalía superior a +1,5 °C—, aunque la incertidumbre a esos plazos es enorme.
Existe una regla conocida entre los meteorólogos como la barrera de predictibilidad de primavera: las transiciones ENSO que ocurren entre marzo y mayo son las más difíciles de predecir. Es la época del año en la que los modelos dudan más. Así que, aunque la tendencia es clara, la intensidad final es una moneda al aire. Iremos viendo.
¿Cómo puede un océano a 15.000 km decidir si pasamos calor en agosto?
Aquí es donde la cosa se pone interesante —y donde conviene ser honestos—. El Niño no afecta a España de forma directa. No estamos en el Pacífico. No nos llegan las inundaciones de Perú ni las sequías de Indonesia. Pero sí nos afecta de forma indirecta, a través de lo que los meteorólogos llaman teleconexiones: cadenas de causa y efecto atmosférico que conectan regiones muy alejadas del planeta, como fichas de dominó que caen una detrás de otra a escala continental.
El mecanismo funciona más o menos así. Cuando el Pacífico se calienta, cambia dónde llueve y dónde no en todo el trópico. Esa reorganización de la convección tropical altera la posición y fuerza de las corrientes en chorro subtropicales, que a su vez cambian el patrón de ondas de Rossby en el hemisferio norte —esas grandes ondulaciones del jet stream de las que hablamos en el artículo del vórtice polar—. Y esas ondas modificadas afectan a la posición del anticiclón de las Azores y a cómo llegan (o dejan de llegar) las borrascas atlánticas a Europa.
El resultado más frecuente de un El Niño moderado-fuerte para España: verano con temperaturas por encima de lo normal, especialmente en el interior y el Mediterráneo, con olas de calor más probables y duraderas. En otoño la señal es más confusa, con algunos estudios que asocian El Niño a lluvias algo superiores en el Mediterráneo occidental. Y en el invierno siguiente (2026-2027), tendencia a temperaturas suaves y precipitaciones ligeramente por encima de la media en la mitad sur.
Pero —y esto es importante— la correlación no es fuerte. España está al final de una cadena de teleconexiones larga y ruidosa. Factores locales como la temperatura del Atlántico, la fase de la NAO o la posición del anticiclón pueden amplificar, anular o incluso invertir la señal de El Niño. Es como el juego del teléfono roto: el mensaje original sale claro del Pacífico, pero para cuando llega a la Península, puede estar bastante distorsionado.
Lo que hace diferente a este El Niño: el contexto
Y aquí es donde hay que prestar atención de verdad. Porque El Niño no es nada nuevo —hemos tenido decenas desde que se mide—. Lo que lo distingue esta vez es el momento en el que llega.
El planeta acaba de encadenar tres años consecutivos de récords de temperatura global: 2023, 2024 y 2025. Tres. Seguidos. Sin precedentes en los registros instrumentales. 2023 fue el año más cálido jamás medido, impulsado precisamente por un El Niño fuerte. 2024 lo superó, convirtiéndose en el primer año en rebasar la barrera de +1,5 °C respecto a la era preindustrial en media anual. Y 2025, incluso con La Niña activa —que debería haber enfriado las cosas—, se mantuvo en niveles que sorprendieron a muchos climatólogos.
Ahora imagina que metemos El Niño encima de ese calentamiento de fondo. Las temperaturas globales de la segunda mitad de 2026 y el inicio de 2027 podrían volver a batir récords. Y un dato que ilustra bien la paradoja en la que vivimos: enero de 2026 ha sido simultáneamente el quinto más cálido a nivel global y el más frío en Europa desde 2010. Un mundo más caliente no reparte el calor de forma uniforme. Lo redistribuye.
Para España, la combinación de El Niño + calentamiento de fondo se traduce en un riesgo alto de un verano 2026 especialmente caluroso. No es seguro —la meteorología nunca lo es—, pero las probabilidades están claramente sesgadas hacia el lado cálido.
Qué esperar estación por estación
Seamos prudentes con esto, porque la predicción estacional tiene limitaciones reales y es bastante más fiable para temperatura que para precipitación. Dicho eso, las señales combinadas de El Niño, el calentamiento de fondo y las tendencias recientes sugieren lo siguiente.
El verano 2026 tiene una probabilidad superior al 60 % de registrar temperaturas por encima de la media, especialmente en el interior peninsular y el litoral mediterráneo. Las olas de calor podrían ser más frecuentes y duraderas que en un verano promedio. Eso no significa que vayamos a batir récords necesariamente, pero el contexto las favorece.
En otoño, si El Niño alcanza intensidad fuerte, podría favorecer configuraciones de bloqueo que canalicen humedad hacia el Mediterráneo. Merece la pena vigilar el riesgo de DANAs en octubre y noviembre. Tras lo que vivimos en Valencia en 2024, nadie se toma esto a la ligera.
Y para el invierno 2026-2027, la tendencia apunta a temperaturas suaves y menor probabilidad de olas de frío —algo que, como contamos en nuestro artículo sobre la desaparición de las olas de frío, ya viene de muy lejos—. Precipitaciones con señal ligeramente positiva en la mitad sur y Baleares.
Sigue la evolución con datos reales — En Snowy comparamos las predicciones de ECMWF, GFS, ICON y otros modelos para que puedas ver cómo evolucionan las previsiones semana a semana. Cuando hay tanta incertidumbre como ahora, comparar es la forma más honesta de informarse.
Cómo seguir la evolución por tu cuenta
Si queréis vigilar el estado de El Niño sin depender de titulares, hay tres fuentes que merece la pena tener en el radar. La NOAA CPC publica un diagnóstico ENSO mensual con probabilidades actualizadas por trimestre. El ECMWF a través de Copernicus genera predicciones estacionales de anomalía de temperatura del mar en el Pacífico con su modelo SEAS5. Y el Bureau of Meteorology australiano tiene, por razones obvias, uno de los mejores seguimientos ENSO del mundo.
Aquí en Snowy iremos actualizando nuestro análisis de la previsión estacional a medida que se confirme o descarte la evolución de El Niño. Y cuando llegue el verano, podrás cruzar las predicciones de los distintos modelos directamente en la app para ver quién acierta y quién se queda corto.
Hay algo fascinante en que un cambio de temperatura en un océano al que nunca iremos de vacaciones pueda decidir si el verano en Sevilla será malo, peor o directamente insoportable. El clima es un sistema conectado, y El Niño es quizá la demostración más limpia de eso. Lo que pasa en el Pacífico no se queda en el Pacífico. Tarda meses en llegar, la señal se distorsiona por el camino, y para cuando nos afecta ya lleva varias cadenas de causa y efecto encima. Pero llega. Y esta vez llega sobre un planeta que acumula tres años de récords térmicos. Habrá que estar atentos.
Preguntas frecuentes
¿El Niño y La Niña son lo contrario?
Sí, son las dos fases opuestas del ciclo ENSO. La Niña enfría el Pacífico y en España tiende a favorecer inviernos más fríos y lluviosos en el norte. El Niño lo calienta y tiende a favorecer veranos más calurosos.
¿Cuándo fue el último El Niño?
El último se desarrolló entre junio de 2023 y abril de 2024, alcanzando intensidad fuerte. Fue uno de los motores del récord de temperatura global de 2023.
¿El Niño causa directamente olas de calor en España?
No de forma directa. Crea condiciones que las favorecen, pero el vínculo pasa por varias cadenas de teleconexiones. Un El Niño fuerte no garantiza un verano extremo aquí, y un verano extremo puede ocurrir sin El Niño. Probabilidades, no certezas.
¿Es posible que al final no se desarrolle?
Sí. A día de hoy hay un ~50 % de probabilidad de condiciones neutras en verano. La barrera de predictibilidad de primavera hace que estas transiciones sean las más difíciles de anticipar. Los datos se aclararán entre abril y junio.

