¿Qué es la corriente del Golfo?
La corriente del Golfo es una de las corrientes oceánicas más potentes del planeta. Nace en el golfo de México, impulsada por los vientos alisios y la rotación terrestre, y fluye hacia el noreste a lo largo de la costa atlántica de Norteamérica antes de cruzar el océano en dirección a Europa. Transporta aproximadamente 30 millones de metros cúbicos de agua por segundo —más que todos los ríos del mundo combinados— a una velocidad que puede superar los 2 m/s y a una temperatura superficial de 24-28 °C en su tramo inicial.
Influencia en el clima europeo
Sin la corriente del Golfo y su extensión, la Deriva Noratlántica, el clima de Europa occidental sería drásticamente más frío. Ciudades como Londres, París o Bergen tendrían temperaturas invernales comparables a las de Labrador o Kamchatka, que se encuentran en la misma latitud pero sin el beneficio de esta corriente cálida. España, aunque más al sur, también se beneficia: las costas gallegas y cantábricas disfrutan de inviernos más suaves que los que les corresponderían por su latitud, y la temperatura del agua del mar en el Cantábrico es varios grados superior a la que existiría sin esta influencia.
Relación con la circulación termohalina
La corriente del Golfo forma parte de la circulación termohalina global, conocida informalmente como la cinta transportadora oceánica. Al llegar a las latitudes altas del Atlántico Norte, el agua se enfría, se vuelve más densa y salada por la evaporación, y se hunde hacia las profundidades. Este hundimiento impulsa la circulación global de los océanos. Los científicos vigilan con preocupación un posible debilitamiento de este mecanismo debido al deshielo del Ártico y de Groenlandia, que aporta agua dulce y reduce la salinidad.
Consecuencias de un debilitamiento
Si la corriente del Golfo se debilitara significativamente, Europa occidental experimentaría inviernos más fríos, cambios en los patrones de precipitación y alteraciones en la productividad pesquera del Atlántico Norte. Los modelos climáticos sugieren que ya se ha producido un debilitamiento del 15-20 % desde mediados del siglo XX, aunque la incertidumbre sobre las consecuencias exactas sigue siendo alta.