¿Qué es el permafrost?
El permafrost es suelo, roca o sedimento que permanece a una temperatura igual o inferior a 0 °C durante al menos dos años consecutivos. No se define por su contenido de hielo, sino por su temperatura: puede estar seco o saturado, con mucho o poco hielo, pero si lleva dos años o más congelado, es permafrost. Cubre aproximadamente el 25 % de la superficie terrestre emergida del hemisferio norte, principalmente en Siberia, Alaska, el norte de Canadá y la meseta tibetana, así como en zonas de alta montaña de todo el mundo, incluidos los Pirineos y los Alpes.
Estructura y capas
El suelo en regiones de permafrost se organiza en capas bien diferenciadas. La capa superior, denominada capa activa, se descongela cada verano y se vuelve a congelar en invierno. Su espesor varía desde pocos centímetros en el Ártico extremo hasta varios metros en las zonas más templadas. Debajo está el permafrost propiamente dicho, que puede alcanzar profundidades extraordinarias: más de 1.500 metros en Siberia central.
El permafrost se clasifica por su distribución: continuo (ocupa más del 90 % de la superficie), discontinuo (50-90 %), esporádico (10-50 %) y aislado (menos del 10 %). A medida que se avanza desde el Ártico hacia latitudes más bajas, el permafrost pasa de continuo a discontinuo y finalmente desaparece.
Contenido de carbono
El permafrost almacena una cantidad inmensa de materia orgánica congelada: restos de plantas, animales y microorganismos acumulados durante miles o incluso cientos de miles de años. Se estima que contiene entre 1.400 y 1.600 gigatoneladas de carbono orgánico, aproximadamente el doble del carbono presente actualmente en la atmósfera. Este carbono ha permanecido inerte porque las bajas temperaturas impiden la descomposición microbiana.
Cuando el permafrost se descongela, los microorganismos reanudan su actividad y descomponen la materia orgánica, liberando dióxido de carbono (CO₂) en condiciones aeróbicas y metano (CH₄) en condiciones anaeróbicas (suelos saturados de agua). El metano es un gas de efecto invernadero unas 80 veces más potente que el CO₂ a 20 años, lo que convierte al deshielo del permafrost en un potencial amplificador del calentamiento global.
El deshielo y sus consecuencias
El Ártico se está calentando entre dos y cuatro veces más rápido que el promedio global, un fenómeno conocido como amplificación ártica. Las temperaturas del permafrost han aumentado entre 0,3 y 1 °C en la última década. El deshielo del permafrost tiene consecuencias múltiples: emisiones de gases de efecto invernadero que aceleran el calentamiento (retroalimentación positiva), destrucción de infraestructuras (carreteras, edificios y oleoductos construidos sobre suelo congelado que se hunde y deforma al descongelarse), formación de termokarst (lagos y depresiones creados por el hundimiento del terreno), erosión costera acelerada y alteración de ecosistemas.
En Siberia, ciudades enteras como Yakutsk están construidas sobre permafrost con pilotes. El deshielo compromete la estabilidad de los cimientos y ha provocado daños estructurales en miles de edificios. En Alaska, la carretera Dalton Highway sufre deformaciones continuas por el deshielo desigual del sustrato.
El permafrost y el cambio climático
La relación entre permafrost y cambio climático es uno de los grandes puntos de incertidumbre en las proyecciones climáticas. Si el calentamiento global provoca un deshielo masivo del permafrost y este libera grandes cantidades de metano y CO₂, se crearía un ciclo de retroalimentación positiva que aceleraría aún más el calentamiento, dificultando el cumplimiento de los objetivos del Acuerdo de París. Los modelos actuales estiman que por cada grado de calentamiento global, el permafrost podría liberar entre 4 y 6 millones de kilómetros cuadrados de suelo congelado. Monitorizar su estado es hoy una prioridad de la investigación climática.